Por María del Carmen Ruiz Díaz
Hay lugares donde el tiempo no corre, sino que se hamaca. Mburucuyá, durante su Festival del Auténtico Chamamé Tradicional, es uno de ellos. No se trata simplemente de una cita en la agenda cultural de Corrientes, es -podría decirse- una oportunidad para alcanzar algo así como un “estado de gracia”. Al cruzar el portal de acceso a la localidad, el aire cambia: huele a leña encendida, a polvareda que se levanta por el baile y a esa hospitalidad que no sabe de protocolos. El pueblo entero se transforma en un organismo vivo que late al compás de un fuelle que no descansa.
Allí, la identidad no se declama en discursos; se construye en el “enchamigamiento”. Es una lección viva de emoción a flor de piel y la capacidad de los fieles de esta religión, de reconocerse en el otro. Así, los visitantes y los lugareños se van fundiendo en un abrazo que borra jerarquías y para entender que el lenguaje más potente es el que nace del sentimiento compartido.
El ritual de los patios
Si el anfiteatro Eustaquio Miño es el templo, los patios de las casas son las capillas íntimas donde se profesa el culto más puro. El sábado, el sol de mediodía marca el inicio de una liturgia que no tiene libreto, pero sí mucho corazón.
En la casa de José Miguel Bonnet y en la de Toté Esquivel, el chamamé recupera su función social primaria: la unión. Allí, entre el polvo que levantan los bailarines y el brillo de las guitarras bajo la sombra, el forastero deja de serlo en el primer sapucay. Es la expresividad del Ser correntino llevada al terreno del arte: una mirada, un acorde y un brindis bastan para entender que somos parte de lo mismo.
El domingo, la mística se traslada y se profundiza en la zona de los Jensen. Los patios de Juan Carlos y Juan Cristian se convierten en espacios de resistencia cultural. No son peñas comerciales; son refugios de la memoria. En el patio de Juan Carlos, el silencio se vuelve respeto cuando alguien recuerda sus versos, y la música fluye con una naturalidad que estremece. Es allí, entre las sillas de cable y los árboles añosos, donde uno entiende que el chamamé es una herramienta de sanación y pertenencia que no sabe de niveles socioeconómicos. En lo de Juan Cristian, el semillero se hace presente, demostrando que la herencia está en buenas manos.
Cuando el crepúsculo cae sobre la Laguna Limpia, el anfiteatro se enciende para dar marco formal a lo que ya se vivió en las calles. Cada noche fue un capítulo de un libro que los correntinos escribimos con el alma.
Mburucuyá nos deja el poder de las palabras y los sonidos para crear realidades compartidas. El festival es el triunfo de lo auténtico sobre lo artificioso. Es el espacio donde el correntino en particular y el chamamecero en general, “es” sin filtros.
Y con la intención de poner en palabras el sentir, algunos se aventuran a decir: “Si me preguntan qué es el chamamé, yo les diré que es la vida. Es el grito de un pueblo que no se rinde, es el abrazo apretado de un amigo, es la lágrima que se vuelve canto y el sapucay que nos brota del alma… para decir que estamos vivos.”
Mburucuyá apagó sus luces, pero el eco de los fuelles seguirá retumbando en cada patio, en cada mate compartido y en cada rincón donde un fiel y orgulloso creyente de esta religión, vuelva a decir: “¡Soy chamamé!”.
Fotos: Nicolás Jacobo
















María Esmeralda Leyes
15 febrero, 2026 at 5:00 pm
Pinta con naturalidad lo que es Mburu y su festival. Felicitaciones y gracias!!!